Vero
Betazza. 07.12.00
Una historia triste, para tomar conciencia de lo grave de abandonar
un perro, narrada por uno de ellos.
1» semana.
Hoy cumplí una semana de nacido, ÁQue alegría haber
llegado a este mundo! 1er mes Mi mamá me cuida muy bien.
Es una mamá ejemplar.
2 meses
Hoy me separaron de mi mamá. Ella estaba muy inquieta, y
con sus ojos me dijo adiós. Esperando que mi nueva "familia
humana" me cuidara tan bien como ella lo había hecho.
4 meses
He crecido rápido; todo me llama la atención. Hay
varios niños en la casa que para mi son como "hermanitos".
Somos muy inquietos, ellos me jalan la cola y yo les muerdo jugando.
5 meses
Hoy me regañaron. Mi ama se molestó porque me hice
"pip’" adentro de la casa; pero nunca me habían dicho dónde
debo hacerlo. Además duermo en la habitación con ellos.
ÁYa no me aguantaba!
8 meses
Soy un perro feliz. Tengo el calor de un hogar; me siento tan seguro,
tan protegido. Creo que mi familia humana me quiere y me consiente
mucho. Cuando están comiendo me convidan. El patio es para
mi solito y me doy vuelo escarbando como mis antepasados los lobos,
cuando esconden la comida. Nunca me educan. Ha de estar todo bien
lo que hago.
12 meses
Hoy cumplí un año. Soy un perro adulto. Mis amos dicen
que crecí más de lo que ellos pensaban. Que orgullosos
deben de sentirse de mí
.
13 meses
Qué mal me sentí hoy. Mi "hermanito" me quitó
la pelota. Yo nunca agarro sus juguetes. Así que se la quité.
Pero mis mand’bulas se han hecho muy fuertes, así que lo
lastimé sin querer. Después del susto, me encadenaron
casi sin poderme mover al rayo del sol. Dicen que van a tenerme
en observación y que soy ingrato. No entiendo nada de lo
que pasa.
15 meses
Ya nada es igual. Vivo en la azotea. Me siento muy solo, mi familia
ya no me quiere. A veces se les olvida que tengo hambre y sed. Cuando
llueve no tengo techo que me cobije.
16 meses
Hoy me bajaron de la azotea. De seguro mi familia me perdonó.
Yo me puse tan contento que daba saltos de gusto. Encima de eso,
me van a llevar con ellos de paseo. Vamos hacia la carretera y de
repente se pararon. Abrieron la puerta y yo me bajé feliz
creyendo que haríamos nuestro "día de campo". No comprendo
por qué cerraron la puerta y se fueron. "ÁOigan, esperen!"
- ladré - se olvidan de mi. Corrí detrás del
coche con todas mis fuerzas. Mi angustia crecía al darme
cuenta, que casi me desvanecía y ellos no se detendrían:
Me habían olvidado.
17 meses
He tratado en vano de buscar el camino de regreso a casa. Me siento
y estoy perdido. En mi sendero hay gente de buen corazón
que me ve con tristeza y me da algo de comer. Yo les agradezco con
mi mirada y desde el fondo con mi alma. Yo quisiera que me adoptaran
y sería leal como ninguno. Pero solo dicen "pobre perrito",
se ha de haber perdido.
18 meses
El otro día pasé por una escuela y vi a muchos niños
y jóvenes como mis hermanitos". Me acerqué, y un grupo
de ellos, riéndose, me lanzó una lluvia de piedras
"a ver quién tenía mejor tino". Una de esas piedras
me lastimó el ojo y desde entonces ya no veo con él.
19 meses
Parece mentira, cuando estaba más bonito se compadecían
más de mi. Ya estoy muy flaco; mi aspecto ha cambiado. Perdí
mi ojo y la gente más bien me saca a escobazos cuando pretendo
echarme en una pequeña sombra.
20 meses
Casi no puedo moverme. Hoy al tratar de cruzar la calle por donde
pasan los coches, uno me arrolló. Segœn yo estaba en un lugar
seguro llamado "cuneta", pero nunca olvidaré la mirada de
satisfacci—n del conductor, que hasta se ladeó con tal de
centrarme. Ojalá me hubiera matado, pero solo me dislocó
la cadera. El dolor es terrible, mis patas traseras no me responden
y con dificultades me arrastré hacia un poco de hierba a
la ladera del camino. Tengo 10 días bajo el sol, la lluvia,
el frío, sin comer. Ya no me puedo mover. El dolor es insoportable.
Me siento muy mal; quedé en un lugar húmedo, parece
que hasta mi pelo se está cayendo. Alguna gente pasa y ni
me ve; otras dicen: "No te acerques". Ya casi estoy inconsciente;
pero alguna fuerza extraña me hizo abrir los ojos. La dulzura
de su voz me hizo reaccionar. "Pobre perrito, mira como te han dejado",
decía junto a ella venía un señor de bata blanca,
empezó a tocarme y dijo: "Lo siento se–ora, pero este perro
ya no tiene remedio, es mejor que deje de sufrir." A la gentil dama
se le salieron las lágrimas . Como pude, moví el rabo
y la miré agradeciéndole me ayudara a descansar. S—lo
sentí el piquete de la inyección y me dormí
para siempre pensando en por qué tuve que nacer si nadie
me quería.
La
soluci—n no es echar un perro a la calle, sino educarlo. No convierta
en problema una grata compañía. Ayude a abrir conciencia
y así poder acabar con el problema de los perros callejeros.
|